Una Universidad que se mira a sí misma

A las 17:00 horas, con el cielo despejado como un lienzo limpio sobre Villahermosa, el Teatro Universitario comenzó a llenarse. La luz del atardecer, todavía firme, parecía concederle a la jornada una tregua: ni sombras largas ni nubes densas, solo claridad. Era un buen presagio para una Universidad que se preparaba para mirarse a sí misma.
El recinto amaneció —aunque ya fuera tarde— como un cauce contenido. Antes de que la palabra corriera, la comunidad universitaria ya estaba ahí, reunida como río en calma: silenciosa, expectante, consciente de su fuerza. Cada asiento ocupado era una gota más en ese cuerpo colectivo que estaba a punto de desbordarse en memoria, balance y futuro.
Ahí, a las 18:00 horas, ya estaban acomodados quienes durante 2025 habían sido reconocidos por su talento y constancia. Estudiantes premiados, docentes distinguidos, trayectorias que no hacen ruido, pero sostienen el edificio entero. Eran semillas que ya dieron fruto y, al mismo tiempo, promesa de nuevas cosechas. Sin pronunciar palabra, confirmaban lo que más tarde se diría desde el estrado: que el conocimiento no se acumula, se cultiva.
El teatro se llenó también de memoria. Ahí estaban Candita Gil Jiménez, Jorge Abdo Francis y Fredy Priego, ex rectores de la UJAT, raíces profundas de un árbol que sigue creciendo sin renunciar a la tierra que lo alimenta. Junto a ellos, los integrantes del Consejo Universitario formaban el tronco invisible que sostiene la vida institucional, recordando que la autonomía no es un privilegio heredado, sino una tarea que se ejerce todos los días.
Entre los invitados especiales, la presencia de Carmen Enedina Rodríguez Armenta, directora general del CENEVAL, añadió un pulso de rigor al ambiente: la evaluación entendida como brújula, no como frontera; como espejo que orienta, no como muro que separa.
Mientras el murmullo se aquietaba, la Universidad comenzaba a expandirse más allá de las paredes del Teatro. El informe transmitido en vivo por Radio UJAT, TV UJAT y las redes universitarias, transcurrió como un cauce abierto que llevaba la palabra institucional a aulas, hogares y pantallas. La rendición de cuentas no se quedaba en el recinto: corría libre, como agua que busca todos los terrenos.
Antes de que el rector Guillermo Narváez Osorio tomara la palabra, ya flotaba en el aire una idea que luego encontraría voz: “Una universidad pública se justifica cuando su trabajo humaniza, ilumina y sirve”. La frase aún no se pronunciaba, pero ya germinaba en el silencio atento del auditorio.
El año que estaba por narrarse había sido complejo, como suelo después de la lluvia: fértil, pero exigente. Presupuestos estrechos, decisiones difíciles, silencios responsables. Y, aun así, la Universidad permanecía de pie, como ceiba que resiste al viento porque sabe dónde están sus raíces. La ética —se diría después— no como adorno, sino como suelo firme, como tierra que no cede.
Entonces, la tecnología tendió un puente invisible. Desde el escenario, el rector se enlazaría mediante la plataforma Microsoft Teams con egresadas y egresados que hoy llevan el nombre de la UJAT más allá de las fronteras. Roma, París, Rusia, Alemania y Estados Unidos aparecían en las pantallas como constelaciones distintas unidas por un mismo origen. Jóvenes juchimanes que trabajan en laboratorios, universidades y espacios de alta especialización, demostrando que el conocimiento sembrado en Tabasco puede florecer en cualquier latitud.
Ese diálogo anunciado —entre Villahermosa y el mundo— anticipaba otra de las ideas que atravesarían el informe: que la Universidad no termina en sus muros, que su influencia se mide en trayectorias humanas, en historias que cruzan océanos sin perder el acento del origen.
Entre el público, los estudiantes miraban el escenario con la curiosidad de quien está a punto de cruzar un umbral. Para muchos, era su primer informe rectoral. Tal vez no recordarían todas las cifras, pero sí la sensación de pertenecer a una casa que duda para aprender y cree para avanzar. Estudio en la duda, acción en la fe no estaba grabado en piedra esta tarde; estaba vivo, respirando entre filas.
Cuando el silencio se hizo más hondo y el reloj marcó la hora exacta, quedó claro que el informe no sería solo una enumeración de logros. Sería —como se diría después— un acto de responsabilidad y de fe en la educación como herramienta de transformación. Dirigir una universidad es diseñar el destino de sus mentes, y esa tarde despejada, antes de que la palabra cayera, el terreno ya estaba preparado.
Porque hay informes que se leen como listas.
Y otros —como este— que se siembran al caer la tarde y viajan con la luz.
23-01-2026 / DGCS