Mayo, un mes que nos une

Ricardo de la Peña Marshall

El mes de Mayo enmarca la celebración más importante del calendario afectivo en México, que como fecha fija compartimos con Guatemala, Belice, El Salvador, y algunos países de Asia. Aunque en la mayoría de los países del mundo se celebra el segundo domingo de Mayo, más en España, Portugal, Hungría, Andorra y Angola se le celebra el primer domingo de Mayo.

Y es que el sentimiento que los mexicanos guardamos hacia nuestras madres es tan fuerte que hacemos referencia a ella ante lo más sublime o ante lo más nefasto. Ella representa el máximos valor de unidad en la familia, ella transmite a las siguientes generaciones los valores y la identidad que nos caracteriza ante el mundo.  Por ello la PATRIA se representa como una mujer fuerte, con valores, principios e identidad.

Sin embargo, hoy el sentimiento de PATRIA se ha diluido y vilipendiado.  Un concepto etéreo que, en su búsqueda en el siglo XIX, costó mucha sangre y sacrificios a la población de nuestro país.  Y justamente es en el siglo XIX cuando este sentimiento de PATRIA nos hermana con un reino al que habíamos desterrado de nuestra vida política: España.  Y ante un enemigo común, la Francia.

El pulso de una nación a veces se concentra en un solo día. Para España, ese instante fue el Levantamiento del 2 de mayo de 1808; para México, la fecha simbólica es la Batalla del 5 de mayo de 1862. Dos episodios distintos en contexto y escala, pero comparables en su carga simbólica: la defensa de la soberanía frente a una potencia extranjera.

En Madrid, la chispa fue inmediata y urbana. La presencia de tropas napoleónicas, inicialmente aliadas, se tornó en ocupación. Cuando la familia real fue presionada para abandonar la ciudad en ruta hacia territorio francés, el pueblo reaccionó de forma espontánea. Artesanos, vecinos y militares aislados se enfrentaron en calles como la Puerta del Sol o el Parque de Artillería de Monteleón. No hubo una estrategia nacional definida; fue una insurrección visceral que derivó en una represión brutal. Sin embargo, ese estallido marcó el inicio de la Guerra de Independencia española y sembró una narrativa de resistencia popular ante José Bonaparte, apodado por el pueblo español como Pepe Botella, quien fungió como Rey de España entre 1808 y 1813, el tiempo que su hermano pudo sostenerlo.
En Puebla, en cambio, el 5 de mayo de 1862 fue un acto más estructurado dentro de un conflicto internacional. México, endeudado y políticamente inestable, enfrentaba la intervención francesa. El general Ignacio Zaragoza organizó la defensa en torno a los fuertes de Loreto y Guadalupe. A diferencia del caos madrileño, aquí hubo planificación militar y una cadena de mando clara. La victoria mexicana, aunque no decisiva en términos estratégicos, pues Francia ocuparía el país al año siguiente, tuvo un enorme valor moral: un ejército modesto derrotaba a una de las potencias más prestigiosas de Europa y con el mejor ejército del mundo.

Ambos hechos comparten un elemento clave: la construcción de identidad. El 2 de mayo transformó a ciudadanos en protagonistas de su propia historia, elevando figuras como Luis Daoiz y Pedro Velarde en símbolos de sacrificio. El 5 de mayo, por su parte, consolidó un relato nacional en torno a la defensa de la soberanía, amplificado después por la figura de Benito Juárez. Siendo Porfirio Díaz el heredero político directo de estos acontecimientos.

La diferencia central radica en el tipo de resistencia: Madrid encarna la reacción popular inmediata ante la ocupación; Puebla, la defensa organizada de un Estado frente a la intervención armada. Pero en ambos casos, el resultado histórico trasciende la jornada: se convierten en mitos fundacionales que, más allá de la victoria o la derrota táctica, alimentan la memoria colectiva y consolidan el sentimiento de PATRIA: pertenencia, identidad, futuro común.

Así, entre las calles madrileñas de 1808 y los fuertes poblanos de 1862, se dibuja un mismo gesto: el de comunidades que, enfrentadas a fuerzas superiores, deciden resistir. No siempre ganan la guerra, pero sí el relato para la posteridad.

No se ama a la PATRIA en abstracto; se le ama como se ama a una Madre: en lo cotidiano, en la memoria, en la defensa de lo que somos. Recordar el 2 de mayo en España y el 5 de Mayo en México, no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de reconocimiento. Hoy la tarea es distinta, pero el fondo es el mismo. La PATRIA se cuida, se honra y se fortalece.  Porque al final, PATRIA y MADRE tienen un mismo rol en la sociedad: nos dan origen, nos forman y nos exigen estar a la altura. Cuando ese vínculo se entiende, deja de ser discurso y se convierte en compromiso impulsor.