José Carlos Becerra: hijo del Instituto Juárez y poeta universal

Este próximo jueves 21 de mayo, al cumplirse los noventa años del natalicio del poeta José Carlos Becerra, la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco tiene razones profundas para volver la mirada hacia él: no sólo porque fue uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX, sino porque fue, en sentido pleno, un hijo del Instituto Juárez.
Antes de convertirse en una de las voces más relevantes de la poesía hispanoamericana, José Carlos Becerra fue un joven estudiante de secundaria que recorrió las aulas del antiguo Instituto Juárez, donde descubrió el poder de la palabra y comenzó a perfilar su sensibilidad que más tarde habría de convertirse en poesía. Participó en actividades literarias y en 1953 obtuvo el primer lugar en un concurso estatal de nivel preparatoria con el texto “Apología de Hidalgo”, un reconocimiento temprano que confirmaba algo que quizá ya intuían quienes lo rodeaban: estaba naciendo una voz distinta.
También allí lugar su encuentro con Carlos Pellicer Cámara, el gran poeta tabasqueño, quien habría de convertirse en una figura profundamente significativa para el joven escritor. Entre ambos nació una amistad sostenida por la admiración intelectual y el amor compartido por la poesía. Pellicer representaría una presencia tutelar, un maestro cercano, un puente entre generaciones.

Un vínculo que debe ser leído como una escena fundacional: el poeta mayor que reconoce al poeta joven; el Instituto Juárez como espacio de encuentro; Tabasco como patria verbal de ambos. Porque para ese tiempo, Pellicer había llevado con su obra el trópico a una altura luminosa, casi celebratoria; Becerra, en cambio, lo transformaría en una materia más oscura, más interior, más desgarrada. Entre ambos no hubo imitación, sino continuidad profunda: la certeza de que Tabasco podía hablar en la gran poesía mexicana sin provincialismo alguno.
Porque si Pellicer cantó el trópico con una luminosa exaltación del mundo, Becerra lo transformaría en una geografía más íntima y misteriosa. En su poesía, Tabasco aparece no como paisaje decorativo, sino como memoria emocional: la humedad, el río, la sombra, la infancia, la madre, la nostalgia de aquello que se pierde mientras se vive. El trópico en Becerra es interior.
Tras trasladarse a la Ciudad de México para continuar sus estudios superiores, José Carlos Becerra se incorporó a una generación literaria decisiva y desarrolló en una década y media una de las trayectorias poéticas más destacas de México, pues fue contemporáneo de José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Homero Aridjis, Gabriel Zaíd, entre otros. Sin embargo, su partida física llegó demasiado pronto, apenas seis días después de haber cumplido treinta y cuatro años, cuando parecía abrirse ante él una de las trayectorias poéticas más deslumbrantes de México.

La publicación póstuma en 1973 de El otoño recorre las islas -su obra reunida- terminó por confirmar la dimensión de su legado. Desde entonces, su nombre ha ocupado un lugar imprescindible en la poesía mexicana contemporánea. Su escritura continúa convocando lectores porque sus poemas se nos revelan como una forma de conocimiento, una manera de tocar aquello que permanece oculto bajo la superficie de la existencia.
Para la UJAT recordar a José Carlos Becerra es una forma de continuidad espiritual. En el año 2000, bajo el impulso del rector Dr. Jorge Abdo Francis, la Universidad instituyó las Jornadas José Carlos Becerra, transformadas hoy en el Encuentro de Literatura y Traducción José Carlos Becerra “Habla la Palabra”, espacio que mantiene viva la conversación en torno a su obra y su herencia intelectual. Encuentro que esta edición 2026 se inaugurará en el Instituto Juárez con una conferencia magistral sobre la genealogía de José Carlos Becerra, dictada por el poeta Álvaro Solís.
Y es que hay algo profundamente justo en que el Instituto Juárez vuelva a ser escenario de su memoria. Si allí comenzó a afirmarse el joven escritor, allí debe seguir resonando su nombre. Porque las instituciones no sólo forman profesionistas; también custodian símbolos. Y José Carlos Becerra es uno de esos símbolos que permiten entender la vocación humanista de la universidad: la formación de sensibilidad, pensamiento, imaginación y conciencia histórica. El joven que un día recorrió los pasillos del Instituto Juárez vuelve convertido en memoria viva, en referencia cultural, en patrimonio espiritual de la universidad que lo vio crecer.
A noventa años de su nacimiento, José Carlos Becerra permanece entre nosotros no como una estatua inmóvil, sino como una voz en movimiento. Sigue hablándonos desde la belleza inquietante de sus versos, desde la juventud interrumpida, desde la fidelidad a una poesía que nunca renunció a la complejidad del mundo. Así lo constata Luis García Montero, el gran poeta español y presidente del Instituto Cervantes de España, en el libro Miguel Hernández-José Carlos Becerra. Tres heridas (amor, muerte, vida), coeditado este 2026 entre la UJAT y el Instituto Cervantino para conmemorar precisamente el 90 aniversario del natalicio de nuestro poeta.
Porque si José Carlos Becerra fue hijo del Instituto Juárez, también llegó a ser algo más vasto: un poeta universal nacido a la orilla de los ríos tabasqueños. Y quizá ahí resida el mayor orgullo de nuestra Universidad: haber acompañado en sus primeros pasos, el nacimiento de una voz destinada a permanecer en la conciencia y sensibilidad de nuestra lengua y cultura. (M.R. Magdonel)
17-05-2026 /DGCS