El tesoro silencioso del Instituto Juárez

Hay lugares donde el tiempo no pasa: respira.

En el corazón del histórico Instituto Juárez, entre muros que han visto desfilar generaciones enteras de estudiantes, intelectuales y soñadores, descansa uno de los patrimonios culturales más valiosos de Tabasco: la Colección Especial Francisco J. Santamaría. No es solamente una biblioteca. Es memoria viva. Es el eco de un hombre obsesionado con las palabras y el conocimiento; un santuario donde sobreviven siglos de historia, literatura y pensamiento. Por ello, hablar de esta colección es hablar del alma intelectual de Tabasco.

El maestro Francisco J. Santamaría no reunió libros como quien acumula objetos. Los buscó como quien persigue destinos. Filólogo, historiador, lexicógrafo, escritor y político, dedicó su vida a rescatar el lenguaje mexicano, las voces populares y la memoria cultural del país. Cada volumen que reunió fue parte de una larga conversación con el mundo.  En 1959, cuando decidió donar más de cinco mil volúmenes a la entonces Universidad Juárez de Tabasco —heredera natural del Instituto Juárez— dejó mucho más que libros: entregó una herencia espiritual. 

Hoy, esa colección constituye uno de los acervos bibliohemerográficos más importantes del sureste mexicano. Sus páginas guardan primeras ediciones, obras antiguas, estudios lingüísticos, periódicos históricos, documentos sobre Tabasco y materiales raros que difícilmente podrían encontrarse reunidos en otro sitio. Entre sus joyas destacan ejemplares que datan del siglo XVIII y obras fundamentales para comprender la historia cultural de México y América Latina. Enumero algunos:

Vida, i hechos del ingenioso caballero D. Quixote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, publicado en 1732 por Imprenta de Manuel de la Puerta, en la ciudad de Sevilla, España. Esta valiosa edición sevillana de Don Quixote de la Mancha, representa uno de los tesoros bibliográficos más significativos de la Colección Especial Francisco J. Santamaría. Publicada poco más de un siglo después de la muerte de Cervantes, conserva la grafía antigua de la lengua española y testimonia la temprana circulación editorial de la obra cumbre de la literatura hispánica. 

Otras obras significativas son: Historia de la conquista de México, población y progreso de la América septentrional, conocida por el nombre de Nueva España (Tomo I-II), de Antonio de Solís, publicada en Madrid, en 1783, por la Imprenta de D. Antonio de Sancha. Y, Coordinación Alfabética de las Voces del Idioma Maya que se Hallan en el Arte y Obras del Padre Fr. Pedro Beltrán de Santa Rosa, con las Equivalencias Castellanas que en las mismas se hallan, publicada por el filólogo don Juan Pío Pérez Bermón, en 1898, en Mérida de Yucatán. También podemos resaltar Cómo nace y crece un Volcán. El Paricutín, una preciosa obra del Dr. Atl, publicada en 1950. 

Pero quizá el verdadero valor de la colección no radique únicamente en su rareza documental, sino en lo que simboliza. Cada libro restaurado es una victoria contra el olvido.

Durante décadas, parte del acervo permaneció vulnerable al deterioro del tiempo, la humedad y el abandono. Sin embargo, el rescate emprendido por el actual rector Guillermo Narváez Osorio, devolvió dignidad a ese legado histórico mediante un amplio proceso de restauración y digitalización que permitió preservar más de cinco mil obras para las nuevas generaciones. 

La colección volvió entonces a respirar. Y el lugar elegido para custodiarla no pudo ser más simbólico: el propio Instituto Juárez, edificio emblemático de la educación tabasqueña, donde Santamaría se formó y comenzó a construir su vocación humanista. Ahí, entre corredores cargados de historia, los libros regresaron a casa.

Hay algo profundamente conmovedor en imaginar a un joven Santamaría caminando aquellos patios, sin sospechar que décadas después sus libros serían uno de los mayores tesoros culturales resguardados en ese mismo recinto.

La colección está organizada en cinco grandes áreas: lexicografía y lingüística, historia, literatura, publicaciones periódicas y “Tabasco diversos”, una sección invaluable para comprender la identidad regional tabasqueña.

En esas páginas habita la memoria de un estado entero. Allí están los rastros de antiguas imprentas, las discusiones políticas de otras épocas, las palabras ya olvidadas del español mexicano, las crónicas de viajeros, las voces de poetas y periodistas, las huellas del Tabasco profundo. Cada tomo parece decirnos que un pueblo también se construye desde sus bibliotecas.

En tiempos dominados por la velocidad y lo efímero, la Colección Francisco J. Santamaría representa un acto de resistencia cultural. Nos recuerda que preservar libros es preservar identidad; que cuidar archivos es defender la memoria colectiva; que una sociedad que olvida sus palabras termina olvidándose a sí misma.

Por eso, más que una colección universitaria, este acervo es patrimonio moral de Tabasco. Un tesoro silencioso. Uno de esos pocos lugares donde todavía es posible escuchar cómo habla el pasado.


30-05-2026 /DGCS