El corazón que aún late

Hay ciudades que conservan su memoria en grandes monumentos, avenidas monumentales o barrios enteros protegidos por el tiempo. Villahermosa, en cambio, guarda su historia en fragmentos. En una fachada centenaria que resiste entre edificios modernos, en un balcón de hierro forjado que mira hacia una calle transformada por el tránsito, en una plaza donde generaciones de tabasqueños aprendieron a reconocerse como comunidad.

Por eso, hablar del Centro Histórico de Villahermosa no es solamente referirse a un conjunto de edificios antiguos. Es hablar del origen mismo de la capital tabasqueña, de la memoria colectiva de sus habitantes y de la responsabilidad que tenemos de preservar los espacios donde se escribió buena parte de la historia política, cultural y social del estado.

Antes del auge petrolero que transformó profundamente a Tabasco a partir de la década de los setenta, Villahermosa era una ciudad de dimensiones modestas, construida alrededor de la Plaza de Armas, el río Grijalva y unas cuantas calles que concentraban la actividad económica y social. La vida cotidiana transcurría entre los portales comerciales, los mercados Gregorio Méndez y José María Pino Suárez, los cines Principal, Tropical, Juárez y Sheba, las radiodifusoras que acompañaban a las familias desde sus hogares y los parques donde se celebraban retretas, actos cívicos y encuentros familiares.

Aquella ciudad poseía un ritmo distinto. Las distancias eran cortas, las relaciones personales cercanas y los espacios públicos constituían auténticos puntos de encuentro. La Plaza de Armas era el gran salón de la ciudad. Allí convergían comerciantes, estudiantes, funcionarios, periodistas, familias enteras y visitantes provenientes de todos los municipios de Tabasco. Sus jardines, fuentes y andadores formaban parte de la identidad urbana de generaciones enteras. El café del portal, era uno de los grandes centros de reunión social, política y cultural de la ciudad. Y muy cerca, el Museo de Tabasco, donde se guardaba la riqueza arqueológica rescatada por el también museógrafo Carlos Pellicer.

Con la llegada del petróleo, Villahermosa experimentó un crecimiento acelerado que modificó para siempre su fisonomía. Nuevos desarrollos urbanos desplazaron progresivamente el centro de gravedad de la ciudad hacia otras zonas. Surgieron modernas avenidas, complejos habitacionales y centros comerciales. El progreso trajo consigo oportunidades económicas, infraestructura y una nueva dinámica regional, pero también provocó la pérdida gradual de numerosos inmuebles históricos y espacios emblemáticos que durante décadas habían dado personalidad a la capital tabasqueña.

A diferencia de otras ciudades mexicanas que conservaron amplios conjuntos arquitectónicos coloniales o decimonónicos, Villahermosa vio desaparecer una parte importante de su patrimonio construido. Muchas casonas tradicionales fueron demolidas para dar paso a edificaciones modernas; antiguos cines cerraron sus puertas; edificios comerciales fueron transformados o sustituidos; y varias construcciones que formaban parte del paisaje cotidiano quedaron únicamente en la memoria de quienes las conocieron.

Sin embargo, el Centro Histórico aún conserva piezas fundamentales de esa historia. La Casa de los Azulejos, actual Museo de Historia de Tabasco, sigue siendo uno de los ejemplos más notables del patrimonio arquitectónico del sureste mexicano. El Palacio de Gobierno continúa dominando la Plaza de Armas con la misma presencia que ha tenido desde finales del siglo XIX. El Instituto Juárez, mantiene vivo el legado educativo que dio origen a la máxima casa de estudios de los tabasqueños. La iglesia de la Inmaculada Concepción o La conchita, mudo testigo de la intervención francesa, conflictos revolucionarios, y la persecución religiosa durante el garridismo, además de otras pocas construcciones históricas recuerdan que Villahermosa posee raíces mucho más profundas que las asociadas al desarrollo petrolero.

Cada edificio histórico contiene historias de personajes, acontecimientos y procesos que ayudaron a construir la identidad tabasqueña. En sus muros se desarrollaron debates políticos, actividades académicas, expresiones artísticas y experiencias cotidianas que forman parte del patrimonio cultural de varias generaciones. Y en sus calles, hay historias, como las casas donde nacieron y crecieron Carlos Pellicer, José Gorostiza, Celestino Gorostiza, Andrés Iduarte y José Carlos Becerra. 

En un contexto global donde muchas ciudades buscan diferenciarse mediante la recuperación de su patrimonio cultural, Villahermosa posee un potencial extraordinario. 
La experiencia de otras ciudades mexicanas demuestra que la conservación del patrimonio no está reñida con el desarrollo urbano. Por el contrario, los centros históricos restaurados suelen convertirse en motores de actividad económica, turismo cultural y convivencia social. Lo importante es encontrar un equilibrio que permita modernizar la ciudad sin borrar las huellas de su pasado.

Las ciudades no son únicamente edificios, calles o infraestructura. Son memoria compartida. Son los relatos que una generación transmite a la siguiente. Cuando desaparece un inmueble histórico, no solamente se pierde una construcción; también se debilita un vínculo con quienes habitaron la ciudad antes que nosotros.

Villahermosa ha cambiado y seguirá cambiando. Esa es la naturaleza de toda ciudad viva. Pero precisamente por ello resulta indispensable conservar aquellos espacios que permiten entender su origen y su evolución. El Centro Histórico no es un vestigio del pasado ni una zona destinada únicamente a la nostalgia. Es el corazón que aún late bajo la modernidad, el lugar donde permanece la esencia de una ciudad que aprendió a crecer sin renunciar completamente a su memoria.

La Universidad Juárez Autónoma de Tabasco ha hecho su parte para preservar la riqueza histórica del corazón del antiguo San Juan Bautista: rescatando la importancia del Instituto Juárez en el desarrollo de la cultura, las artes y las ciencias; de la biblioteca “José Martí”, que fue la primera del estado y el rescate de la colección Francisco J. Santamaria”; con la apertura de las Casas Universitarias del Cacao y Chocolate, y del Agua.

Porque proteger el Centro Histórico de Villahermosa es, en última instancia, proteger la historia de Tabasco y asegurar que las futuras generaciones puedan reconocer, en sus plazas, edificios y calles, el legado de quienes construyeron la ciudad que hoy habitamos. 


07-06-2026 /DGCS