Los caminos que hicieron posible el sureste

Hay historias que corren el riesgo de desaparecer precisamente porque forman parte de nuestra vida cotidiana. Las vemos todos los días, utilizamos sus resultados, damos por hecho que siempre estuvieron ahí y olvidamos que, alguna vez, alguien tuvo que abrir el camino. Algo de eso ocurre con las comunicaciones terrestres del sureste mexicano: para las nuevas generaciones, viajar de Villahermosa a otra ciudad puede ser apenas cuestión de elegir un destino, abordar un autobús y llegar. Hubo un tiempo, sin embargo, en que llegar hasta aquí era una verdadera aventura.

De esa memoria nace Caminos de Ayer. La aventura de comunicar el sureste con ADO, de José Luis Gutiérrez Gil, obra que forma parte de la colección “José Ma. Pino Suárez” sobre Estudios Regionales y Desarrollo del Fondo Editorial Universitario (2024). Más que reconstruir la historia de una empresa de transporte, el libro recupera, a través de la memoria de su protagonista, un periodo en el que comunicar Tabasco con el resto del país significaba vencer caminos difíciles, cruzar ríos, sortear puentes provisionales y encontrar soluciones donde prácticamente no las había.

José Luis Gutiérrez Gil, nacido en Paraíso, Tabasco, en 1935 y conocido como “El Chato ADO”, comenzó a trabajar a los 19 años en Autobuses de Oriente. Muy joven recibió responsabilidades que lo llevaron a participar en la expansión de las rutas hacia el sureste. Su testimonio, reconstruido después de nueve meses de entrevistas realizadas por Landy Patricia Aguilar Palafox, conserva deliberadamente la oralidad de quien vivió los acontecimientos.

Y ahí reside buena parte del valor cultural de la obra: no es solamente una historia que se cuenta; es una historia que se recuerda. El lector encuentra fechas, lugares, nombres, fotografías y documentos, pero también encuentra la voz de un hombre que observa hacia atrás y vuelve a caminar por los caminos que alguna vez recorrió.

El libro nos conduce a un sureste muy distinto. En aquellos años, la falta de carreteras hacía que llegar a Villahermosa desde Coatzacoalcos fuera una odisea y que muchas comunidades permanecieran prácticamente aisladas, dependiendo en buena medida de las vías fluviales. La presentación de la obra recuerda que los habitantes de Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas enfrentaban largas jornadas para desplazarse hacia otras regiones del país.

Por eso adquiere especial significado el 27 de febrero de 1957, fecha que el libro señala como un parteaguas en las comunicaciones tabasqueñas: ese día una línea de autobuses llegó por primera vez desde Coatzacoalcos hasta Villahermosa. No parece, visto desde el presente, un acontecimiento extraordinario. Pero detrás de ese primer viaje estaba el esfuerzo de quienes tuvieron que encontrar una ruta allí donde todavía no existía una comunicación terrestre sencilla.

A partir de entonces comenzaron a aparecer nuevas rutas, terminales y posibilidades de comunicación. La historia de la terminal de Lino Merino es también la historia de una ciudad que comenzaba a transformarse. En 1961, Gutiérrez Gil recibió el encargo de buscar un terreno para construir una nueva terminal. El proyecto se realizó con participación de constructores tabasqueños y quedó terminado en 1962.

Pero el libro no se queda en las obras ni en las fechas. Esa es quizá una de sus mayores virtudes. Mientras cuenta cómo crecía la infraestructura, también aparecen las personas y las circunstancias que dan rostro a la historia. La terminal se convierte en escenario de encuentros, amistades, relaciones familiares y acontecimientos que pertenecen a la memoria de varias generaciones.

Incluso el cine se cruza con esta historia. La terminal de Lino Merino fue utilizada para filmar escenas de Lo mejor de Teresa, película mexicana dirigida por Alberto Bojórquez y protagonizada por Tina Romero, Jorge Martínez de Hoyos y Alma Muriel. La filmación despertó entusiasmo entre los habitantes de Villahermosa y permitió que un espacio cotidiano de la ciudad quedara también registrado en la memoria cinematográfica.

Hay, además, episodios en los que la historia del transporte se encuentra con los grandes acontecimientos naturales de Tabasco. En 1973, el huracán Brenda afectó severamente la región; Ciudad del Carmen quedó incomunicada y pasajeros de ADO permanecieron atrapados durante días. El relato de Gutiérrez Gil reconstruye las gestiones realizadas para auxiliarlos y trasladarlos por vía marítima hasta un punto donde pudieran continuar su viaje.

Siete años después, en 1980, sería la propia Villahermosa la que enfrentaría una de sus grandes inundaciones. La nueva terminal de la avenida Mina quedó aproximadamente dos metros bajo el agua. Los autobuses fueron retirados a tiempo y se improvisó una terminal en la Ciudad Deportiva para mantener el servicio. Después, el propio autor regresó en lancha al edificio inundado para recuperar documentos y papelería que habían quedado en las oficinas del segundo piso. Las fotografías que conserva el libro convierten aquel episodio en una memoria visual particularmente poderosa.

Es precisamente ahí donde Caminos de Ayer trasciende la anécdota empresarial. El libro habla de autobuses, terminales y rutas, pero en realidad habla de la transformación de una región. Comunicar significa mucho más que transportar personas de un punto a otro: significa acercar comunidades, facilitar intercambios, abrir posibilidades económicas, permitir encuentros y contribuir a que una región deje de estar aislada.

La propia presentación de la obra lo plantea como una oportunidad para que las nuevas generaciones conozcan una historia poco narrada y comprendan el esfuerzo realizado para enlazar pueblos y personas, contribuyendo con ello a la integración y al desarrollo regional.

Por eso este libro merece ser leído también como un ejercicio de preservación de la memoria. En sus páginas sobreviven lugares que cambiaron, terminales que desaparecieron, rutas que se modificaron y formas de viajar que hoy parecen lejanas. Sobrevive, sobre todo, la memoria de quienes entendieron que los obstáculos no eran necesariamente límites.

Quizá por eso resulta tan significativa la reflexión de su protagonista cuando mira hacia aquellos años: era joven, confiaba en sí mismo y en su trabajo; no veía obstáculos sino oportunidades ni problemas sino retos. Esa mirada personal termina convirtiéndose, sin proponérselo, en una metáfora de aquella época: había que avanzar antes de que existieran los caminos.

Para las nuevas generaciones, Caminos de Ayer ofrece algo más que nostalgia. Les entrega una oportunidad de comprender que el territorio que hoy conocen es resultado de decisiones, esfuerzos y circunstancias que alguna vez parecieron difíciles de superar. Recordarlo no significa quedarse en el pasado. Significa entender cómo se construyó el presente.


Y acaso ese sea el mayor valor de conservar estas historias: descubrir que detrás de cada carretera, cada terminal y cada viaje cotidiano existe una memoria humana. Una memoria que, si no se cuenta, termina perdiéndose.


16-08-2026 /DGCS