Filosofía en tiempos de resistencia

Vivimos deprisa. Todo parece exigir una respuesta inmediata: un mensaje, una noticia, una opinión, una decisión. Hablamos mucho, respondemos rápido y pasamos de una voz a otra sin detenernos demasiado en ninguna. En medio de esa premura, escuchar se ha convertido casi en un acto de resistencia.
De eso habló Francesc Torralba ante estudiantes universitarios, pero en realidad habló de algo mucho más grande: de nuestra manera de estar en el mundo. “El arte de saber escuchar” fue el título de su conferencia magistral, pero detrás de esa expresión aparentemente sencilla apareció una pregunta esencial: ¿qué ocurre con nosotros cuando dejamos de escuchar al otro? Torralba planteó que oír y escuchar no son lo mismo. Oír sucede; escuchar requiere voluntad. Escuchar significa prestar atención, hacer espacio y aceptar que la palabra de alguien más puede tocar nuestras certezas.

La reflexión adquiere una dimensión especial cuando se coloca frente a los jóvenes. Ellos viven en un mundo saturado de voces: mensajes que llegan de todas partes, imágenes que se suceden sin pausa, opiniones que se enfrentan e información que se multiplica hasta volver difícil distinguir entre aquello que merece nuestra atención y aquello que solamente reclama nuestra reacción. Nunca había sido tan fácil comunicarse y, paradójicamente, quizá nunca había sido tan difícil conversar verdaderamente.
En ese escenario aparece la filosofía, no como una materia encerrada en los libros ni como un ejercicio reservado para especialistas, sino como una herramienta para vivir. La filosofía pregunta por aquello que damos por sentado, pone en duda nuestras certezas y nos obliga a mirar nuevamente aquello que creíamos conocer. Eso fue, en buena medida, lo que ocurrió en el Teatro Universitario y desde las sedes de las divisiones académicas: los estudiantes tuvieron frente a ellos a un filósofo pensando en voz alta sobre algo que forma parte de la vida cotidiana de todos.
Quizá algunos no habían tenido antes la oportunidad de escuchar directamente a un filósofo. Ahora lo tuvieron delante. Y eso importa. Importa porque la universidad no debe limitarse a preparar para una profesión; también debe abrir ventanas hacia otras formas de comprender la existencia y provocar preguntas que no siempre tienen una respuesta inmediata.

Torralba habló de los obstáculos que nos impiden escuchar. El primero es la saturación: estar tan llenos de preocupaciones que ya no queda espacio para el otro. Después aparecen los prejuicios, que nos hacen juzgar antes de conocer; el miedo a escuchar verdades que pueden incomodarnos; la falta de tiempo, que convierte la conversación en un intercambio apresurado; el resentimiento y la desconfianza.
No son solamente obstáculos para escuchar. Son, de alguna manera, algunos de los males de nuestro tiempo. Frente a ellos, el filósofo propone recuperar la disposición hacia el otro: escuchar a quien piensa diferente, a quien tiene otra historia, otra cultura o incluso otras convicciones. Porque escuchar no significa estar de acuerdo. Significa concederle al otro la posibilidad de mostrarnos algo que nosotros todavía no habíamos visto.
Esa actitud resulta particularmente valiosa en la juventud. Es durante esos años cuando se construyen convicciones, se confrontan ideas y se empieza a definir la mirada con la que cada persona habrá de enfrentarse al mundo. Una juventud que escucha no es una juventud pasiva: es una juventud capaz de preguntar, debatir, disentir y aprender. Por eso la filosofía tiene mucho que decirle a los jóvenes: les recuerda que no todo debe resolverse con rapidez, que no toda opinión merece convertirse inmediatamente en certeza y que pensar también significa aprender a convivir con la duda.

Torralba habló también de la apertura mental y de la posibilidad de viajar sin desplazarse físicamente cuando nos acercamos a una cosmovisión distinta de la nuestra. Escuchar al otro nos descentra: nos obliga a salir de nosotros mismos y a descubrir que existen otras maneras de mirar y habitar el mundo.
Esa es también una de las grandes tareas de la universidad. Desde sus orígenes, la universidad nació alrededor de la palabra, la pregunta y la discusión. Su sentido no está solamente en transmitir conocimientos, sino en formar personas capaces de pensar por sí mismas. Torralba recordó aquella tradición medieval de la quaestio disputata, en la que una pregunta era sometida a argumentos distintos antes de construir una respuesta.
En tiempos de respuestas instantáneas, recuperar la pregunta puede ser profundamente universitario.
Por eso es un acierto del rector Guillermo Narváez Osorio abrir los espacios universitarios a este tipo de pensamiento. Llevar a los estudiantes el encuentro directo con la filosofía significa ofrecerles algo que no siempre aparece en un programa académico: la oportunidad de detenerse y pensar sobre la propia vida.
Quizá dentro de algunos años alguno de los estudiantes presentes recuerde los dichos de Torralba, no por haber tomado apuntes, sino por una pregunta que quedó dando vueltas en su cabeza, y que lo ha obligado a pensar en busca de la respuesta.
06-09-2026/DGCS