Los peces que queremos recuperar en el Laboratorio de Acuicultura Tropical

Hubo un tiempo en que llegar a un mercado de Tabasco y encontrar una tenguayaca, una castarrica, una guabina, una chopa, o una paleta no tenía nada de extraordinario. Eran peces de nuestros ríos, lagunas y pantanos; especies que pasaban del cayuco a la cocina y que durante generaciones formaron parte de la alimentación de las familias tabasqueñas.

Hoy algunas difícilmente se encuentran en los mercados. No desaparecieron de un día para otro. La transformación de los ecosistemas, la presión de la pesca, los cambios en los cuerpos de agua y la presencia de especies introducidas han modificado durante décadas el equilibrio de una región que paradójicamente posee una de las mayores riquezas hidrológicas del país. El estudio sobre biodiversidad de Tabasco advierte precisamente sobre la pérdida y modificación de hábitats acuáticos y sobre la presencia de especies invasoras en la entidad.

También cambió lo que sembramos y lo que pescamos. La tilapia, originaria de África, fue introducida a México en la década de los sesenta y encontró condiciones extraordinarias para su cultivo: crece rápidamente, resiste altas densidades y acepta diferentes tipos de alimento. Con el tiempo se convirtió en una especie de enorme importancia para la acuicultura nacional y hoy se produce también en Tabasco, como la carpa, de origen asiático.

Su éxito productivo, sin embargo, dejó otra pregunta sobre la mesa: ¿por qué no desarrollar con el mismo interés el cultivo de nuestros propios peces?

La interrogante adquiere mayor importancia frente a otro visitante que nadie invitó: el pez diablo. Su presencia fue detectada en Tabasco desde hace más de dos décadas y los estudios oficiales lo consideran una amenaza para los ecosistemas acuáticos. Compite por alimento, puede consumir huevos de otras especies, altera los fondos donde habita y ocasiona además daños a las redes y a la actividad de los pescadores.

En medio de esos cambios, la acuicultura ofrece una posibilidad distinta: volver la mirada hacia las especies nativas, conocerlas suficientemente para reproducirlas y encontrar alternativas que permitan aprovecharlas sin depender exclusivamente de lo que todavía queda en ríos y lagunas.

En eso ha trabajado durante cuatro décadas un grupo de investigadores de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, encabezado por Wilfrido Miguel Contreras Sánchez. Uno de sus primeros retos fue el pejelagarto. En 1986, comenzó a estudiar su biología reproductiva y tres años después, en la ranchería El Espino, municipio de Centro, se consiguió el primer desove exitoso en un encierro donde se habían reproducido las condiciones de una zona natural de desove. Participaron también Lilia Alemán Ramos y Gabriel Márquez Couturier. Con los años se incorporaron otros investigadores y estudiantes hasta desarrollar un paquete tecnológico para el manejo en cautiverio de una de las especies más identificadas con Tabasco.

El logro permite entender para qué sirve la acuicultura cuando la investigación se dirige hacia nuestros propios recursos. No basta con colocar peces en un estanque. Antes hay que conocer qué comen, cómo crecen, cuándo se reproducen, qué condiciones necesitan sus huevos y larvas y cómo obtener organismos capaces de llegar a una talla adecuada. 

Los estudios del Laboratorio de Acuicultura Tropical de la UJAT, de hace 40 años y que han sido celebrados en la DACBiol, avanzaron precisamente de ese conocimiento básico hacia reproducción, nutrición, fisiología y manejo de reproductores.

Después vinieron otras especies. La tenguayaca es un caso particularmente significativo. La investigación para su cultivo comenzó experimentalmente en la UJAT y actualmente su ciclo de cultivo se ha completado; el Laboratorio de Acuicultura Tropical produce crías para sistemas experimentales y piloto comercial. Sigue existiendo un reto importante: su crecimiento hasta talla comercial puede requerir alrededor de dos años y todavía hay trabajo por hacer en genética y alimentación.

También se ha investigado la castarrica y otras especies nativas, estudiando crecimiento larvario, densidades de cultivo, fisiología digestiva y necesidades de proteína. Es una línea que ha demostrado que la acuicultura tropical no necesariamente tiene que descansar en peces traídos de otras regiones del mundo.

Más recientemente, los robalos han abierto otra vertiente. Con el robalo blanco, el chucumite y el robalo prieto se estudian reproducción, desarrollo embrionario, alimentación de larvas, nutrición y producción de juveniles. El propósito científico es particularmente interesante: llegar a producir semilla y avanzar hacia el cultivo sin depender de organismos obtenidos directamente de poblaciones silvestres.

Ahí puede encontrarse parte del futuro. Si somos capaces de reproducir especies nativas, la acuicultura podría ayudar no sólo a llevar nuevamente algunos de estos peces a la mesa, sino también a disminuir la presión sobre sus poblaciones naturales y aportar organismos para programas de restauración o repoblamiento cuando existan las condiciones y estudios que lo justifiquen. Para las comunidades pesqueras puede significar además una actividad complementaria frente a una captura cada vez más incierta.

La ciencia seguirá avanzando. Hoy ya se utilizan herramientas de histología, endocrinología y biología molecular para entender mejor la reproducción de los peces. Mañana seguramente se incorporarán nuevos instrumentos de observación, sensores, automatización y, como está ocurriendo en muchos campos, aplicaciones de inteligencia artificial. Hasta dónde serán útiles deberá demostrarlo la propia investigación.

Pero quizá antes de pensar en ese futuro valga la pena mirar nuevamente nuestros mercados.

Preguntar por una tenguayaca, una castarrica, una guabina, una paleta o hasta la chopa, puede decirnos mucho más sobre nuestros ríos que cualquier estadística. Son peces ligados a sabores, familias y comunidades; a una manera de alimentarnos que también forma parte de la memoria de Tabasco.

La acuicultura no podrá resolver por sí sola el deterioro de los ecosistemas ni recuperar todo lo que hemos perdido. Puede, sin embargo, aportar algo fundamental: conocimiento para reproducir y aprovechar nuestras especies sin esperar a que su escasez nos obligue a recordarlas solamente por su nombre. Lamentablemente las actuales generaciones rehuyen estudiar esta licenciatura con tanto potencial y futuro.

 

05-10-2026 /DGCS